El amargo encanto de la máquina de escribir
Gabriel García Márquez
El País en 7 de Julio de 1982
Los escritores que escriben a mano, y que son más de lo que uno se imagina, defienden su sistema con el argumento de que la comunicación entre el pensamiento y la escritura es mucho más íntima, porque el hilo continuo y silencioso de la tinta hace las veces de una arteria inagotable. Los que escribimos a máquina no podemos ocultar por completo cierto sentimiento de superioridad técnica, y no entendemos cómo fue posible que en alguna época de la humanidad se haya escrito de otro modo. Ambos argumentos, desde luego, son de orden subjetivo. La verdad es que cada quien escribe como puede, pues lo más difícil de este oficio azaroso no es el manejo de sus instrumentos, sino el acierto con que se ponga una letra después de la otra.Se ha hecho mucha literatura barata sobre las diferencias entre un texto escrito a mano y otro escrito a máquina. Lo único cierto, sin embargo, es que la diferencia se nota al leerlos, aunque no creo que nadie pueda explicarlo. Alejo Carpentier, que era escritor a máquina, me contó alguna vez que en el curso de la escritura tropezaba con párrafos de una dificultad especial, que sólo lograba resolver escribiéndolos a mano. También esto es tan comprensible como inexplicable, y sólo podrá admitirse como uno más de los tantos misterios del arte de escribir. En general, yo pienso que los escritores iniciados en el periodismo conservan para siempre la adicción a la máquina de escribir, mientras quienes no lo fueron permanecen fieles a la buena costumbre escolar de escribir despacio y con buena letra. Los franceses, en general, pertenecen a ese género. Hasta los periodistas: hace poco, en Cancún, me llamó la atención encontrar al director del Nouvel Observateur, Jean Daniel, escribiendo a mano su nota editorial con una caligrafía perfecta. El famoso café Flore, de París, llegó a ser uno de los más conocidos de su tiempo porque allí iba Jean Paul Sartre todas las tardes a escribir las obras que todos esperábamos con ansiedad en el mundo entero. Se sentaba muchas horas con su cuaderno de escolar y su estilógrafo rupestre, que muy poco tenía que envidiar a la pluma de ganso de Voltaire, y tal vez no era consciente de que el café se iba llenando poco a poco de los turistas de todas partes que habían atravesado los océanos sólo por venir a verle escribir. Sin embargo, no había necesidad de verlo para saber que era una obra escrita a mano.
En cambio, es difícil imaginar a un norteamericano que no escriba a máquina. Hemingway, hasta donde lo sabemos por sus confesiones y las infidencias de sus biógrafos, usaba los dos sistemas -como Carpentier-, y ambos del modo más extraño: de pie.